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Quién soy

Hola! Soy Juan Carlos Gómez

Terapista del alma
Te invito a conocer mi historia.

Los inicios de mi actividad terapéutica son por mi propia necesidad de sanar, el desencuentro del saber quién se es me llevó por caminos de búsqueda y más de alguno pareció ser el camino, pero de tanto creerlo sin que lo fuera, las consecuencias se hicieron insoportables y la medicación que sólo pretendía calmar los síntomas, sólo logró que mis dolencias se fueran haciendo cada vez más fuertes y necesitando químicos más potentes. La competencia duró por años y el campo de batalla era mi cuerpo, en especial mi cabeza y por sobre todo mi emocionar que cada vez se hacía más denso, más oscuro, la turbiedad de las aguas hizo cada vez más imposible distinguir el fondo y en la urgencia de darle un sentido incluso a tanta obscuridad, creí que no había respuesta y que mi identidad era la dura experiencia, la frustración y la autodestrucción más merecida.

La ignorancia del no saber quién se es o qué es lo que se es, nos hace presumir identidades emergentes como una totalidad definitiva y de sostenerlas, cuando ya se puede ver que eso no es, resulta en detención, en estancarse y luego en no querer salir, por no perder, por no quedar en el vacío. Ser profesor, ser religioso, ser político, ser actor, ser enamorado, ser el triste hijo, ser el amigo entrañable de alguien, un sinfín de personajes sobre la pasarela de la vida con que desfilé cada atuendo invaluable y que cayó en desuso al final del evento.

Del tanto decaer sin remedio, me pude atrever por senderos diferentes. Qué tal si por estos rumbos podría haber algo, sabía que sí, quería que sí, me gustaba que sí y comenzaron a suceder cosas, de repente me aparecí tal cual, sin el disfraz, sin el rol, sin el deber, sin el apego. Difícil y raro, a veces falso, pero pude ver, especialmente verme, estaba ahí, aún sin nada, estaba ahí. 

Y las mil y una maneras que me permitieron reconocerme me hicieron decidir qué dejar y en qué seguir, de pronto me hice responsable de mí, dejé de hacer responsables a la historia, a las historias ajenas, a mi historia. Había decidido siempre sin saber qué decidir y de a poco comencé a aprender. Discernir es el poder, el más grande poder. Creer que no se puede discernir y que las circunstancias me llevan, me alzan, me dejan caer y me arrastran o me matan fue también un discernir, una elección que hice sin saber. Reconocer la capacidad de discernir, consciente y libre, me ha permitido caminar por donde quiero y por donde no quiero sin daño ni apego, dejar y retomar sin culpa ni recelo, hacerme, deshacerme, elegir el día que vivir, quedarme, desaparecer, volver a mi niñez, convivir con mi adultez o mi vejez, tantas cosas y en todas simplemente ser.

Agradezco cada instante de todo lo vivido pues cada uno fue pararse frente a caminos que se bifurcaban y de cada elección, inconsciente, obligada, suicida, condenada, dolorosa, porfiada, inviable, azarosa, ciega, desde el temor, desde el horror o del error; cuando el extravío en el bosque fue total y ya no había nada más, un claro se abrió adentro mío y pude comprender sin explicarme, aunque traté, pero tampoco era imprescindible. Todo es prescindible, entonces decidí estar ahí, en cada hecho, en vivo y por única vez, entero.

Mi felicidad dejó de ser el resultado tan difícilmente alcanzable y hoy la elijo a diario para ir por el camino. Mi plenitud la despojé de mis carencias y hambres insaciables y decido lo más que puedo estar completo mientras respiro. La iluminación dejó de aparecerme como un evento único, con efectos especiales y de origen desconocido y pasó a ser un hecho cotidiano al elegir la percepción más libre de mis conjeturas y debacles. La espiritualidad bajó de las esferas celestes a la íntima unidad de todo lo que existe.

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