La espiritualidad para mí no siempre ha sido lo mismo, creo que el camino para reconocerla ha sido largo y confuso, además que por todo lo vivido siento que lo más difícil fue vencer el miedo de ser espiritual, como también la vergüenza aprendida de pretender lo que sabía no podía obtener y por querer acceder a un territorio que estaba completamente reservado para otros, para aquellos y aquellas que cumplían los requisitos exigidos y de los cuales yo estaba, o me convencí que estaba, tan lejos.
Recuerdo que en mi niñez la espiritualidad estaba profundamente unida a la religión católica que profesaba mi familia, aunque realmente no sé si la profesaba o solo la asumían como una obligación territorial por el lugar en que vivíamos, porque si no éramos católicos éramos enemigos y eso traía consecuencias en temas bien concretos y prácticos o porque en definitiva era lo único a lo que teníamos acceso y además constituía una obligación indiscutible e inevitable. Lo que sí sé es que esa espiritualidad en nada me tocaba, era sólo una doctrina estricta, la recuerdo con miedo. Íbamos a la iglesia y todo era muy frío y distante, era entrar en un espacio ajeno, lejos de mí y de nosotros, éramos como allegados en un lugar en el que incluso se sentía que no se nos quería, tal vez porque éramos pecadores por el sólo hecho de ser pobres, y porque entre los pobres se estilaba el alcohol, el robo, las parejas infieles, la promiscuidad del hacinamiento, los hijos afuera del matrimonio, y toda la religión de ese tiempo tenía para esos hechos sólo descalificación y negación, era un reino aparte en que todas estas cosas parecía que no existían, que los que las vivíamos estábamos perdidos, pero era obligación de la fe el invitarnos. Lo que se ofrecía era un cielo diametralmente diferente, y nosotros éramos tan feos, eran tan feo comer como comíamos, vestirnos con lo que podíamos vestirnos, vivir donde podíamos vivir con una moral de silencio y lazos familiares muy confusos. Y sin embargo, todos los sacramentos de la iglesia estaban intrínsecamente asimilados a nuestra obligación, más por un sentimiento de miedo por el lado nuestro y otro de poder por el lado de ellos.
Hice mi primera comunión con un terno azul, una camisa blanca y una corbata blanca con bordados dorados, pañuelos bordados en el brazo, cinta en la solapa, un libro blanco que cabía en mi mano con un rosario entrelazado, blanco y tenía cinco años, no sabía nada de lo que significaba todo eso, recuerdo más la obligación de cuidar toda la indumentaria, pues no había sido barata y la confesión a la que tuve que someterme antes y pienso aún de qué pude haber confesado, ¿habrá mentiras a los cinco años?, ¿habrá robos?, no sé, pero algo habrá habido porque se me perdonó, quizás por ser quien era y venir de dónde venía. Después, en la casa, recuerdo el chocolate caliente que se servía en cada primera comunión y que se esperaba con ganas, era lo mejor del sacramento. Recuerdo que las idas a la iglesia me llenaban de temor, sabía que nos retarían, que retarían a mi madre que me había tenido y no había un papá, recuerdo que retaban y echaban fuera a mujeres que iban sin pañuelo en la cabeza o con pantalones o a los niños que insistían en jugar. También sabía que había que cumplir, que no había posibilidad alguna de rebelarse o escapar, eso sí que era el peor de los pecados y se perdía algo que no podía definir en ese tiempo, pero que parecía ser muy necesario.
Después vino un tiempo de colegio católico, a cargo de una congregación de monjas españolas con nombres raros que nos educaban como a rebaños gigantescos, sin tener idea de todo lo que nos pasaba y lo que nos hacíamos los unos a los otros, éramos pequeños animales que agrupados en filas con distancia entrábamos a unas salas gigantes con profesoras sobre una tarima, asustados siempre de que sus ojos, su índice o su puntero se fijara en uno. Asistíamos a una formación que partía de la base de civilizarnos primero y después darnos algunos conocimientos que casi siempre parecían un desperdicio, una pérdida de tiempo para nosotros y en la que no teníamos ninguna participación, sólo recibir lo que la escuela tan solo inculcaba. Allí fui castigado de nuevo, otra vez la religión era una regla dura que nos azotaba las manos o las nalgas, otra vez la religión era acceder a un espacio extraño en el que nuestro espacio no importaba y además parecía siempre antagonista. Nuestro espacio como alumnos era una selva, en las filas había violaciones simbólicas por parte del pequeño y violento macho alfa de los cursos básicos, los violentos forcejeos en las duchas y la guerra de comer las colaciones ajenas durante los recreos. Las misas eran multitudinarias de niños y monjas como gendarmes sacando a los desordenados para castigo y llamada a los padres. El sacerdote era una figura disfrazada que hablaba sin tregua mientras nos sentábamos, parábamos y nos arrodillábamos o nos arrodillaban.
De tan mala experiencia me escapé de ese lugar, dejé de ir a clases y salí como si fuera a vagar por las calles del centro de la ciudad y mi espiritualidad se hizo de gentes que vi, que conocí, que me apoyaron y me robaron, con quienes competía en mis afanes filatélicos de ese tiempo raro, ahí vi a las personas, a los pobres mendigando en la catedral, a los oficinistas alimentados con berlines, completos y bebidas de fantasía, de pie, limpiando la mayonesa de sus corbata planchadas y brillantes con duras servilletas de papel y vi a las prostitutas y la policía y los estudiantes y los vagabundos y todos éramos iguales, parias de una sociedad en que servíamos, yo no servía, pero serviría algún día, de eso se trataba todo.
Pero aún era pequeño, no pude permanecer en ese mundo y de manera abrupta y riesgosa volví a la escuela de las monjas, alguien de mi familia lo consiguió con oscuros acuerdos firmados que me dejaron terminar el último año de la enseñanza básica, aislado de mis compañeros, sin recreos y sin misas. Reprobé casi todas las asignaturas, pero me dejaron ir, promovido por decreto para no estar ahí como el peligro que representaba, el demonio dijo alguna religiosa, la manzana podrida dijo otra, mientras el machito alfa se graduaba con honores y un gladiolo que atesoró la madre lloriqueante y que luego dejó en el altar de la iglesia con todo su agradecimiento y bajo la mirada vigilante de la superiora.
Así mi espiritualidad se hizo pedazos, espiritual era sinónimo de bueno y ya me habían convencido de ser malo. Mucho más tarde descubrí que ser malo de verdad era algo mucho más intenso y más oscuro que mis pequeñas mentiras imaginarias con que pretendí inventarme mi maldad.
En la enseñanza secundaria descubrí todo lo que un ser alejado de la espiritualidad, según lo que había aprendido a ese respecto, puede conseguir. Según creía entonces, llegué a ser el menos espiritual de todos, primero me dediqué a placeres y a rebeldías que supuse lo eran, como el cigarrillo, la marihuana, el coqueteo con las compañeras del curso, fumar mucho sólo para poder marcar la diferencia, beber, bailar, perder el tiempo, boicotear los estudios y a los profesores, dejar que fuera la emoción la guía del afán de cada día, sucumbir al deseo que surgiera, hablar demás, no hablar, mentir, mentir por sobre todo y quedarme solo, solo de familia, solo de cuidados, solo de verdades, solo como un náufrago en la pequeña isla de mi vida, en mi mundo interno, en mis preguntas sin respuesta, en mi dolores y temores escondidos a la fuerza, en mis riesgosas hazañas sin conciencia de las consecuencias, me quedé solo y fui un joven, aun así, admirado por muchos y también reconocido, pero por sobre todo, el más desconocido. Pero algo no desapareció y fue la culpa y sin un catecismo apuntándome al corazón, fue mi propia cabeza la que se convirtió en un juez inapelable y atormentante.
Después vino la política y por primera vez me sentí tocado por el dolor ajeno y el nuestro, por la injusticia de los otros, por la carencias y exigencias de ese mundo en el que fui criado, de pobres y de abandonos infinitos, por un breve momento pareció posible resolver, por ese breve tiempo fuimos personas de verdad y salimos a las calles a mostrarnos con las pieles oscuras y los dientes chuecos, con las ropas de siempre y una voz desconocida, tal vez ahí por primera vez comprendía la espiritualidad real, pero era comunista, por lo tanto un enemigo de la iglesia, antropófago infantil, sádico sexual de las religiosas y muchas otras cosas. Todo eso acabó muy mal, golpe de estado, represión, asesinatos, persecución, desaparecidos, tortura, relegados y miedo, mucho miedo, el peor de todos, y una pena inmensa, tal vez la misma con la que nacimos y crecimos, todo eso que acalló tanto que mientras nos ocultábamos, dejamos el espacio abierto para que se fundara un mundo sin nosotros y para los otros.
La suma de esta experiencia y conocer a San Francisco de Asís en la película “Hermano Sol Hermana Luna” me conmovieron profundamente, especialmente que en la película el personaje creaba una iglesia con la escoria de la sociedad, los mendigos y los impedidos, los abandonados y los sucios y de esos era yo, entonces tome la decisión de ser un hermano franciscano y lo conté en el liceo, recuerdo que los profesores me hablaron para disuadirme y no fue difícil, en realidad yo no solo era pobre, además la iglesia que tanto me gustó solo era la escenografía de una película italiana.
Crecí en medio del caos de la dictadura y seguí bordeando los infiernos dantescos o chilenescos con que me formé, en realidad me fue muy difícil reconocer algo divino en mí o en mi vida, o en la vida en general que nos tocó vivir, salvo por un gran detalle, el arte. Sí, el arte me salvó, me hizo ser alguien, tener un don que sí era mío y que además reconocieron personas del ambiente teatral y di pequeños y temerosos pasos y me acerqué a algo parecido a lo que después entendí como el alma, mi alma, algo invisible que llevaba adentro y que se encendía en mi actor, mi poeta, mi cantante, mi escritor. De pronto había algo valioso en mí y era mío y no me lo había dado el dios que había aprendido, jamás me lo habría dado, pero lo tenía y vivir las experiencias del arte me elevaba a una realidad invisible y gozosa, podía relacionarme con muchos, podía producir y promover un servicio humanitario desde un lugar etéreo a otro lugar etéreo del receptor. Increíblemente yo tenía un lugar desde el cual podía ser.
Desde ahí los caminos se abrieron más y pude acceder a espacios de poder, la universidad, las academias, los escenarios. Surgieron las oportunidades y pude con el teatro, el canto y la escritura participar del proceso político anti dictadura, en lo social, reconocer en mí una condición innata de solidaridad, de servicio, de creatividad, de liberación, de compañerismo, de empatía, de búsqueda de una realidad superior de la cual éramos dueños y había que recuperar y de repente, de todo esto surgió mi afán espiritual, mi afán de ser parte de un espíritu común, podía yo ser parte, aun cuando fui cuanto fui y era tal y como era, pues aunque se hacía necesario mejorar, conocerse más, ser más el director de mi vida en vez del receptor de cuanto sucediera, podía estar allí, podía cooperar, ser acompañante y promotor de algo mejor para todos.
De nuevo un nexo emocional, me hizo soñar con que mi nuevo ser o antiguo ser que sin saber que poseía ahora llegué a comprender, podría hacerse parte de una colectivo de iguales que bogaban por un mismo fin. Me la creí, porque en ese mismo tiempo era un ser comprometido con el bienestar del alma de mucha gente que me recordaban mi pasado y que vivían en ese mismo momento, el mismo sentimiento de sobrar y de no ser que yo había vivido. Desde esa misma experiencia mi compromiso fue evidente y absoluto, estaba otra vez en una escuela católica como profesor y el afecto generoso y sincero de la religiosa directora me llevó a comprometer mi vida con este servicio, mediante una vocación religiosa, sería cura, yo, sería sacerdote, prometo que durante todo ese camino, jamás me lo creí, sabía que los estatutos de la iglesia no podrían aceptar a alguien como yo, me lo habían enseñado por la fuerza, pero mi nueva y renacida confianza más al apoyo desde el ama de esa gran religiosa, me llevaron a buscar y lo busqué, dos años. Acabó de la peor forma. Una suerte de revisión de mi historial de vida, que confiadamente describí, volvió a dejar al aire la oscura mancha con la que había nacido y me devolvió al anonimato de los no elegidos para llevar el galardón de la espiritualidad.
Difícil, por decir lo menos, lograr encontrar la espiritualidad. Hubo un momento sublime, un amigo, un poco loco, se llamaba Genaro, subía un alto cerro llamado San Ramón, con nada, sin implementos, sin equipo, en un día realizaba la travesía completa y nos hablaba de visiones y de viajes en catamarán por los océanos, era admirable. Un día nos llevó y fui con ellos, de la misma forma, sin nada, sin ropa adecuada, sin zapatos adecuados, sin equipos, si agua, así con lo puesto y lo que él subía en medio día, nosotros lo subimos en dos e hicimos cumbre, él nos estaba esperando, el espectáculo era maravilloso, haber ascendido hasta ahí sin nada de lo obligatorio y además con todo lo que no se debe subir, fue una metáfora de mi propia vida.
Pasamos la noche arriba y al amanecer, vimos salir el sol desde mil cordones de montañas hacia el este, un frío intenso no impidió caer en una especie de trance, era algo que nunca había visto, algo que nunca había experimentado, estábamos ahí, cada uno por su lado viviendo la experiencia, yo por el mío sin saber qué hacer ante tanta inmensidad y pequeñez nuestra, de repente apareció el amigo Genaro y me dio un libro manoseado y sin tapas, era “La Imitación de Cristo” de Thomas de Kempis y me dijo, ”pregúntale a esto”, me entregó el libro y se fue, hice preguntas y lo abrí al azar, apunté con el dedo índice una parte de la ajada hoja y las respuesta fueron increíbles, tal vez el lugar, tal vez nosotros, tal vez el frío, pero fue increíble, escribí en una agenda esas respuestas y las guardé por muchos años.
De ese mismo tiempo recuerdo otro libro increíble del maestro hindú Ramana Maharshi, también era del amigo Genaro, me lo dio y me habló de Ramana, él lo veía, le hablaba. Un día me lo propuse y lo vi, nunca me lo creí del todo, pero estoy seguro de que le hablé y que él estaba ahí que era muy especial, muy amable, no me pedía nada y me miraba como si me quisiera tanto, hasta encontré que físicamente se parecía a mí, eso pensé, no sé, tal vez estábamos todos locos, no solo por lo raro, sino porque no podía ser, ¿cómo iba a ser?
Crecí con todo eso, estudié literatura, pedagogía, filosofía, teatro, religión, orientación, leí hasta el cansancio, compre libros sin conocer nada de ellos, me propuse hacer mi propia interpretación de la biblia completa, pero siempre deserté, es que seguía existiendo la marca en mi frente de Caín que me hizo la vida antes de nacer, en cada intento en que se cerró la puerta en mis narices y en el esfuerzo que hice por hundirme yo mismo hasta lo peor.
Adopté el ejercicio de mi vocación de profesor y no fui malo. Pude conocer realidades muy variadas, adultos, jóvenes, niños, de todas las condiciones sociales y económicas. En un parte de esta historia trabajé en un colegio de la alta alcurnia social, en un colegio del opus dei, fue, en verdad, llegar a la más nefasta forma de la espiritualidad, en la que no sólo no cabríamos por nuestra historia, por la mía, sino que además por no pertenecer a la elite de los elegidos por el origen, por el poder adquisitivo, por el apellido y por el poder económico. Allí la pasé mal, allí la religión era un ritual inalcanzable, un espacio prohibido, una sensación de ser un infiltrado con la sospecha permanente de robarse un cáliz o algún costoso candelabro colonial. Extraño, mi máximo compromiso espiritual de ese tiempo fue el apoyo que brindé a los muchachos de estas familias tan pudientes, pero desprovistos hasta de lo más esencial en el alma, pero tampoco era real, de mí qué iban a esperar, algunos resultados me salvaron esos años, pero me volví a perder, pero esta vez en la falsedad, en el cinismo, en el repetir el ángelus todas las mañanas como una obligación contractual y negar lo mucho que sabía y que creía, solo por tener los recursos que me permitían sostener mi vida familiar, hasta llegar a la ruindad más completa de mi ser. Esta situación tan irreal y sostenida me llevaron por psicólogos, psiquiatras, neurólogos, cardiólogos, ansiolíticos, opiáceos, alcohol, marihuana, obsesión, crisis de pánico, jaquecas, deudas innecesarias, de todo y caí, caí, era el castigo una vez más, pero ya lo sabía, decidí fingir y aprovechar, esta vez me disfracé con el peor disfraz espiritual de lo que nunca sería ni querría ser.
Al mismo tiempo que me hundía, me dediqué a reflotar a los muchachos perdidos que clamaban atención en ese claustro medieval con el lenguaje, saqué palabras y mensajes de la manga, gestos y certezas de las ansias, que eran para ellos, en sus oscuras vidas, pero nunca para mí. Ya nada, ni siquiera el arte me pudieron salvar, a pesar de que pinté noches enteras, hice obras teatrales en solitario, muchas veces, escribí narrativa, poesía, tanto y no estaba mal, eran bellas obras, pero por el tormento de vivir sin mí, no pude verlo y lo perdí. Cuando todo se hizo trizas y ya no me quedaba más recurso, ni psicotrópico, analgésico, ni alienación ni esperanza con que poder sobrevivir, busqué en lo alterativo y me entregué a terapias de sanación: hipnosis, Reiki, regresiones, no sé mil cosas y fui, mil veces fui, flores de Bach, flores de otras procedencias, danzas, catarsis dirigidas, astrologías, reconexiones, logoterapia, retiros, ceremonias, rituales, hongos, ayahuasca, temazcales, infusiones, aromas, programación neurolingüística, líneas de tiempo, conversaciones eternas con personas que me dedicaban el tiempo y la intención de ayudarme, algunas por dinero, otros por amistad, o simplemente por una generosidad . Algunas experiencias fueron maravillosas, no todas, algunas fueron fraudes y fueron caras, no importa, pero en todo eso el inmerecimiento se mantuvo intacto. Muchas veces lloré de pura pena de que se abrieran puertas maravillosas para entrar a lugares donde me esperaban seres extraordinarios y saber que no podía, que no debía y aunque todo comenzó a cambiar, todavía me sabía un perdido, un excomulgado de raíz, alguien que no tendría acceso a los anales de la sabiduría, aunque la leyera o la recitara con el corazón en la mano.
Con el tiempo aprendí técnicas, lecturas astrológicas, tarot, yoga, tuve iniciaciones emocionantes y remecedoras, me convertí en terapeuta y me entregué a ese servicio que siempre quise realizar y lo hice con todo lo que tengo, lo que aprendí, lo que no tuve, con los rechazos y con la lejanía, con el abandono y con el miedo, con la frustración y con mi afán autodestructivo, con todo, de a poco comencé a madurar mi ser interno y pudo ser, pudo ser, puedo ser, aun cuando todo, aun cuando nada, pude y puedo ser espiritual, siempre lo fui y todo intento errado me fue corregido y me pude escapar, por suerte, y descubrí secretos que eran inmensamente obvios, que siempre estuvieron en mí, pero que busqué desesperado y ciego hasta poder hallarme a mí.
Toda la experiencia acumulada, todos los despidos, las veces en que las espaldas me dijeron que no era de ahí, todos los silencios avergonzados que sentí ante mis intentos de ser, todas las causales que me grabó la vida para no acceder se transformaron en mi propia forma de aportar, y comencé a ver en todos el maravilloso ser espiritual, a mostrar a todos la magnificencia de su precioso ser espiritual, que no tenía precio, que no había que ganarse, que no se podía perder jamás, que no se podía renunciar, menos manchar o renegar aunque se llegar al fondo.
Así aprendí que la espiritualidad es una condición indispensable para crecer y vivir en armonía, conmigo mismo y con todo lo que existe.
Aprendí que la espiritualidad es acogedora y que necesita serlo, que no puede excluir, ni rechazar, que no es ni selectiva ni se alcanza como premio a una yincana de vida o muerte.
Aprendí que la espiritualidad es la fuerza que me mantuvo vivo en todo el trayecto de mi vida y que no es ni un trofeo ni un último reconocimiento al revisar la vida.
Aprendí que ser espiritual no es una estrategia moralista, que ser espiritual no se construye con castigos, con recompensas, ni cielos.
Aprendí que ser espiritual no es privilegio ni del humano ni de un tipo especial de humano.
Aprendí que ser espiritual en una condición primordial e innata, que todo intento de manejar la conducta con el concepto de la espiritualidad es la forma de negarla.
Aprendí que la espiritualidad es la fuerza fundamental para existir y para que existan todos con la misma libertad y la misma validez sin condiciones.
Aprendí que espiritual no es una manera de ausentarse de la vida ni de las miles de heridas o de caídas con las que cada uno crece.
Aprendí que no hay líderes espirituales, porque la espiritualidad no se guía, solo se reconoce, un verdadero guía espiritual sería aquél que reconoce la espiritualidad de cada ser sobre la tierra.
Aprendí que soy espiritual con todos mis defectos y que la única manera de no sucumbir a mis errores y a mis penas es el espíritu que me anima y me sostuvo en todos estos años para llegar donde estoy y hacer lo que hago.
Aprendí que puedo ser feliz y ser completo porque soy espiritual y no porque todo eso llegará cuando sea espiritual
La espiritualidad no es una meta, es una condición vital, una certeza, es solo por la forma en que nos la han enseñado que la pusieron aparte de la vida como un artículo suntuario.
La espiritualidad no es una parte de mi ser es lo que habita todo lo que soy, lo que he sido y lo que siempre seré.
Y hoy soy espiritual y tengo una sabiduría increíble, puedo ser consciente, querer a la gente y dejarme querer, puedo dejar que sea el amor el que me mueva a actuar para actuar bien, puedo leer para encontrar lo que resuena conmigo, con mi ser esencial, tengo un ser esencial, sí, yo lo tengo aunque nunca me creí capaz o elegido, pero lo soy y no había que ser elegido. En este camino hacia la espiritualidad debo asegurar que jamás fue prohibitivo, que nunca fue restrictivo ni excluyente, por el contrario es definitivamente integrador, inclusivo y expansivo siempre. No solo quepo yo o mis actuales amigos, caben todos, pero hay que saber hallarse y para hallarse hay que amarse, porque si uno no se ama no se quiere encontrar con uno mismo, quien lo va a querer y hay que quererlo, no porque se está puro como un fruto de un bosque virgen o como un recién nacido, sino tal cual, con todo lo vivido, entero sin dejar afuera nada, absolutamente nada.
Puedo asegurar que el hallarme conmigo mismo y entregarme todo el respeto por cuanto me ha pasado y he vivido, me hizo estar entero y poder estar con los demás, y ver en todos los demás lo mismo que me veo y poder estar ahí para aportar a todos los inmerecidos excluidos excomulgados y perdidos que no se quedarán afuera, que no serán prohibidos, porque no hay un lugar sagrado, todo lugar lo es y que apenas surja la luz desde adentro de uno, todos los demás neones defectuosos con que nos alumbramos se irán apagando.
De todo el viaje en que busqué encontrarme en alguna parte y me encontré en mil maneras, ideologías, creencias, adicciones, aversiones, carnavales instantáneos, abismos infernales, amores imposibles, abandonos como un eco constante, de todo y de todos los que confluyeron por algún instante, de todo me hice y hoy soy, tal como soy y soy igual que todos y todos son iguales a mí y en esa cercanía residimos como espirituales, como sagrados, como bellísimos y perfectos, así de simple después de todo lo complejo.



