He descubierto que tengo más de un personaje metido en mí, que deambula conmigo, que profita de mí, que me otorga estados que no tengo en otros de los personajes que habitan en mí.
He descubierto que lo de la integridad más que ser una suma de la integración de las partes o de los cuerpos que me componen, es también y es más una integración de esa serie de personajes que habitan en mí.
Por un lado está el señor que se maneja con decoro, que se entiende con la gente desde la sutileza, desde la empatía, desde el afán de caer bien o de ser útil, por otro lado está este filósofo que pretende hacer un mamotreto esotérico acerca de la vida, o acerca, al menos de su propia vida, por otro lado está el niño que reclama a gritos, a veces, el abandono, la caricia, la preocupación, el centralismo que se me debe, por otro lado el esposo y el padre que cumple las funciones acordes en lo material, en los social, en lo fraterno, por otro lado el demonio enojado iracundo que quiere destrozar a cabezazos todo lo existente, por otro lado el político que plantea posturas y miradas diversas acerca del país, de la comuna o del continente, el profesor que fui, el joven atolondrado aventurero desorientado, triste y vergonzoso que fui y que aún vive en mí, el amante romántico que anhela una aventura de amor casi como en las películas, el hijo que no conoce a su padre, el hijo con una seria diatriba hacia su madre en contradicción con el mandamiento de la iglesia y lo que dice la gente que se hace, por otro lado el sobrino, el primo irreconciliable, el cabrón lejano que parece déspota, el taimado con causa que por taimado la pierde, el pesimista que teme que un riñón se le caiga en el camino y lo atropelle un auto, el cáncer con la luna en libra que qué mierda significa eso, el dragón resonante con su época de triunfo, el tarólogo asertivo que mucha gente reconoce, el profesor de yoga, que trata temas que prepara tres días antes, cuya gracia tal vez sea sólo que el profe que me habita me ayuda y me hace ser pedagogo en el intento, y en tantos otros aspectos, el indefinido, el tímido de mierda, el mentirosillo que se arranca con los tarros, el impracticable, el impredecible, el polvorita, el sensible de mierda, el actor atascado que pena y muera por recibir un aplauso, el cantante que ya no tiene voz, el poeta, el ex cura, el ex comunista, el ex existencialista, el amigo del alma y el amigo sin alma, el amigo que sufre y el amigo que ayuda, el protector, el consejero, el llorón que hace añicos sus propias esperanzas para lograr otro poco más de llanto todavía, el transeúnte anónimo, el fantasma inexistente, el fantasma que me ama desde la oscuridad del miedo, el contador de chistes que a veces se va al chancho, pero sólo cuando se lo piden, el hablador por naturaleza, el ex drogo, el ex alcohol, el que ya no baila y parece que de no hacerlo acaba de cerrarse una puerta para siempre, el viejito dolorido, el suicida latente, el que sueña con escalar el Everest o por lo menos subir en bus algún cerro pequeño, el que dice tanto más de lo que es y el que se dice tanto menos, el nunca bien ponderado, el inmerecido, el que no sabe de nada y el que lo sabe todo, el que escucha música sublime que ya no entiende nadie, el orador sin público, el público de oradores ciegos, el vengador imaginario, el padre que a veces aparece, el inconsciente, el loco, los doce arcanos, todos los doshas, el chileno, el cósmico, el yo con pedazos ajenos y el yo pequeñito que queda, sin nada de lo que aquí enumero, el hombre en silencio que grita por dentro, el yogui por hora, el cuervo que saca los ojos, el que no sabe y se enfrenta a sabios de piedra que aplastan, el que es una excusa para que otros se explayen, el sable, la esponja, la culpa, la huella y un nombre, tal vez lo único fijo que aún no me gusta.
Soy tantos y tanto, que por más que los abro, más aparecen y tantos son juicios, son antagonistas perennes de los otros, son dolores con llanto y son dolores que gozo, y son deseos que guardo y otros que saco escondido debajo de la cama para revolcarnos, son tantos fantasmas que deambulan por mi vida, por mi cabeza, por mis ansias, por mis deberes, mis ganas, son tantos y tantos que llevo en los hombros, a rastras, que empujo, que oculto, disfrazo, reniego, abrazó y golpeo después de abrazarlos.
Entonces la integridad consiste en abarcarlos a todos, asumirlos a todos, quererlos a todos, no separarlos en los buenos y los malos, no tener unos para el día domingo y los otros para cuando me vea mi madre o no me vea nadie, no asestarme un cuchillo en la garganta porque hay uno que sale o hay otro que no debió hacerlo.
Entonces la integridad no es hacerse heridas o caritas felices en el ombligo, porque un día se subió la autoestima o cuando en otros no vino nadie a la espera. Entonces la integridad es no llevar a los fantasmas escondidos, negando, que parezca que soy blanco cuando me inundan mil colores, que parezca que te amo cuando no te amo, que parezca que parezca lo que tiene que parecer adecuado, que haya claridad a toda costa, que amanezca siempre aunque la noche sea eterna, que la luz de tu mirada sea siempre una estrella y que yo me esfuerce y me pode y me lime los pedazos que sobren y me trague toneladas de palabras y de silencios para seguir brillando y que me lo digan y que me lo escriban, y que me lo abracen y sea un beso en la cara para saber que existo, cuando no existo porque la mitad de lo que soy o tal vez casi todo, se ha quedado oculto, tuve que esconderlo para ser tu estrella.
Entonces la integridad no consiste sólo en que haya espacio para todo lo que soy, sino que sea posible coexistir con el ejército de personajes con que habito y poder tenerlos todos en la misma mesa, presentarlos a todos a la familia de mi esposa, invitarlos al baño sin temor a que alguno me asesine o me ataque



