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EL YOGA INTEGRAL, Por Juan Carlos Gómez

El origen del Yoga Integral se explica desde la base de una práctica yóguica que pretendió por largos periodos la sublimación de la existencia humana, bajo la perspectiva de considerarla una ilusión (maya), de la cual había que tomar consciencia para desprenderse de ella y así tener acceso a la presencia del Atman o ser superior presente en cada uno.

Ciertamente que toda la filosofía y la sabiduría que anima al Yoga es y ha sido siempre en pos del supremo conocimiento de la esencia sagrada que habita todo ser (Purusha) y que habita en el aspecto material (Prakriti), el que actuando como un contenedor, se constituye también como una cárcel que aprisiona y limita la esencia sagrada, por lo mismo se proponía desprenderse de Prakriti y así quedar definitivamente libre en la esencia o Purusha.

Desde ese objetivo, la doctrina del yoga se centra en el conducirnos hacia el autoconocimiento, hacia el descubrimiento del ser esencial y a vencer la ignorancia que nos hace confundirlo con tantas cosas, con roles, características o estados, todo lo que nos va llevando por sucesivas y falsas identificaciones, formas de definirnos que nos  provocan sufrimiento porque no alcanzan, porque no son lo que buscamos y en el proceso se nos hicieron  tan apetecibles y nos colmaron de tantos deseos que nos llevaron a aferrarnos a ellas y a desarrollar aversión por todo aquello que nos alejara de tal logro.

Ciertamente que en esa búsqueda hacia afuera hay todo tipo de elementos y de aspectos que nos llaman y subyugan, y tal vez, dependiendo de los niveles de consciencia individual, esos elementos serán más básicos o más elaborados, no importa, porque ciertamente cada experiencia, en el nivel que sea, nos es absolutamente necesaria para el avance hacia el objetivo esencial, hace falta decepcionarse, hace falta perder todo lo invertido, hay que experimentar el error para avanzar hacia lo cierto.

Me imagino a mí mismo configurando mi identidad con objetos de algún tipo, o con alguna actitud propia de una edad, o de alguna tribu específica por la cual sentí admiración o me dio la seguridad que precisaba en un momento, o con alguna ideología que me permitió comprender más lo social según mi propia trayectoria, o con alguna concepción religiosa que pudo llenar en su momento mi necesidad espiritual o mis carencias afectivas. Son muchas las posibilidades que existen en la realidad, con las cuales nos sentimos identificados y creemos que por ella alcanzaremos la realización que pulsa desde el interior como una vocación irrevocable.

Puede también que nos identifiquemos con las instituciones tradicionales, como por ejemplo  la familia o alguno de sus roles o que sea el matrimonio, la maternidad o la paternidad lo que nos defina. Todas estas experiencias, porque al final son sólo  eso, se adueñan, muchas veces, de nuestras vidas y nos la consumen entera y llegamos a creer que en definitiva esa era la meta y ahí nos quedamos.

Vamos hambrientos y carentes detrás de muchas metas y cada vez que una de ellas se alcanza, todavía persiste el llamado, no cesa, puede que tal insistencia y las muchas decepciones incluidas terminen por desesperarnos y llenarnos de una ansiedad que enferma. Pero está bien, todo está bien si se asume como el camino, si se reconoce como experiencia, que es la única herramienta perfecta para llegar a la respuesta. Ciertamente que la literatura espiritual traduce y explica la respuesta de variadas y a veces complejas y otras bellísimas formas, pero no del mucho leer o de leerlo todo se llega a la respuesta, porque tal finalidad es la propia de cada ser que busca, se adapta a su ser existencial, a sus momentos, a sus estaciones, a sus etapas. No es inútil ser quien cada uno es, ni lo que le ha tocado vivir y allí surge por primera vez el concepto de integral, no sobra nada, todo suma si se sabe aprovechar.

Me detengo en mi experiencia con la religión, porque de ella surge una muy importante y elevada forma de identificación, es verdaderamente un ascenso después de identificarse con formas o con modas, pero  puedo compararla hoy día con un colador con orificios más grande o más chicos, que sólo dejaban pasar de mí lo que era aceptable y reconocidamente santo, todo lo demás había que podarlo y como a veces las fallas estaban en el tronco ya no había posibilidad, estabas fuera, había que buscar otra religión con un colador con orificios más grandes. 

El yoga integral definitivamente es un proceso integrador que asume, reconoce y acepta toda la individualidad y que trabajando sobre ella, interioriza la búsqueda deshaciendo las identificaciones, las que además no sólo son las propias, sino las dogmáticas con las que se construyen ciertas religiones e ideologías, para sus criterios de aceptación o de rechazo.

Lo primero que puedo reconocer entonces como concepto del Yoga Integral, es que no me revisa con una lista de cotejos, que no me desintegra en partes aceptables y otras no aceptables, en partes con las que podré entrar y otras que deberé dejar afuera. Que en primer lugar me unifica, me hace ser uno, con todo lo que tengo, me saca de la dualidad en la que me crié, ya no son dos aspectos antagónicos en que hay que salvar uno con una cirugía mayor. Se suman, se observan, se acopian y surge la entidad que realiza esa labor y esa entidad soy yo y debo verme y verme entero.

Esta dualidad desde los juicios externos también existe en el interno y somos nosotros mismos los que nos juzgamos desde la presencia de un yo construido por nosotros, por las expectativas, las familiares y las ancestrales, por las necesidades insatisfechas propias y culturales, las que configuran un ego que como un molde perfecto y elaborado se nos pone por delante y luchamos por hacernos calzar adentro de él. Muchas veces es doloroso y angustiante luchar por entrar en ese molde propio y ante el fracaso, caer desde tan idealista altura a la cruenta realidad de ser lo que somos y la pena que provoca ver alejarse lo que no somos y que tanto había costado construir y que tanto nos movió para alcanzarlo, y que además ya lo habíamos publicitado, situación aún más alienante, porque a veces y por no asumir que el molde no me calza, voy por la vida simulando que me queda perfecto.

Otra vez el Yoga Integral aparece, ahora me permite ver a los dos personajes, o a los tres o a los muchos que puedo llevar a cuestas y no me tengo que decidir por uno, sino reconocerlos, entender su origen y mirarlos de frente y sentarnos a todos a la mesa, solo de la suma surge el que hace la adición y entonces me integro, soy la totalidad de mis seres, asumo que soy yo el que los alimenta y transporta y viste y, cuando los reconozco, ni los odio, ni los mato, ni los quemo, ni los sacrifico, solo los unifico en torno a un centro que de a poco comienza a emerger como el sostenedor de toda la experiencia.

La búsqueda es un objetivo primordial y también un riesgo, buscar me hace vivir y estar despierto, pero suelo encontrar respuestas, suelo leerlas, soñarlas o seguir a las personas que las dicen con tanta convicción, con tanta lógica, con tanto sentido, con tanta sensibilidad. Suelo hallar respuestas y construir una torre de Babel con aforismos y tratados, mi propia torre y hallarme en el atalaya de la torre mirando desde arriba con la convicción de haber hallado, es tal vez un momento sublime, a veces adornado con luces y sonidos extraterrestres, a veces lubricados con mis más sinceras lágrimas, con un agradecimiento inusitado que no puedo expresar ni traducir, a veces con aplausos, abrazos y llantos de los receptores y parece que la búsqueda tuvo resultados, resultados inolvidables, imborrables … y se han borrado, alguno se han olvidado definitivamente y otros han quedado olvidados detrás de recreaciones con que los he ido contando en el tiempo y alejando cada vez más de la experiencia real. 

De todo los olvidos, los chascarros, los auto engaños, las alucinaciones, los momentos sublimes, las mil bodas más sinceras de mi vida y los montones de amores eternos que se llevó el viento, quedó siempre la búsqueda, la misma búsqueda que me hizo caminar un día para probar llegar desde el sofá a los brazos de mi madre y era la misma que me hizo deambular, estudiar, vagar, probar, enamorarme, comprar,  viajar, leer, actuar, rezar todos los días y es la misma que me mueve ahora a escribir lo que estás leyendo.

De todo lo vivido, lo encontrado y lo perdido, lo atesorado que después fue robado o extraviado, lo prometido que dolió el alma deshacer, lo por fin hallado que un día se deshizo solo, de todo cuanto ha sido en todos los ámbitos en que soy, levante un pie y di un paso y salí de nuevo, como ahora en que todavía salgo y no dejaré de salir.

El Yoga Integral es esta vez el reconocimiento de todo el camino, es el ver en cada acontecimiento al mismo Ser que pasa, que cruza, que surge y permanece, que se reconoce cada vez más adentro. Pero esa permanencia no es estática, ni quiere serlo, ni lo busca, no hay una meta en que todo se detenga y la plenitud sea un espacio cálido y propio en una fotografía.

Ciertamente soy una persona que se puede reconocer, tengo seres amados que me conocen y podrán decir de mí muchas cosas, por ahí más de alguien hablará de mi carácter o de mis costumbres o del color de mis ojos, de mi edad, de lo que hago, de los libros que leo y junto. Cierto, soy alguien reconocible, pero eso es ahora, en esta circunstancia, en otra puedo ser distinto, en otra época, en otro momento. Puede que hoy sea querido y por las mismas personas mañana no lo sea, pero eso no es pérdida ni ganancia, simplemente es y también se integra, es que si no lo integro entonces surge el sufrimiento, porque creí que lo obtenido debía ser eterno o que los amores eran míos o que las respuestas alcanzadas eran definitivas. Es que frente a la pérdida el logro se desintegra, ¿y qué tal si no es pérdida, si solo es experiencia?, ¿y qué tal si no es ganancia y solo es experiencia y al integrarlo todo en cada momento que existe, es completo y verdadero y punto?

Bendita desintegración que hace posible que se rompan los espejos en que me reflejo  y creo que son exactos, que son todo y que estarán ahí para siempre, solo por verlos romperse, puedo verme y dejar de desintegrarme. Puede también que no me vea y que otra vez me identifique con el regadío de vidrios del espejo roto y  se quede como un dolor que más tarde no se quiere repetir y, probablemente, se repita hasta que deje mirar los trozos y pueda ver al que mira.

Así las cosas, de a poco surge el testigo de la mente y desaparece la armadora, la explicadora omnisciente, el control de calidad de la experiencia, la clasificadora, se apaga la balanza, el termómetro mental, el barómetro emocional y se puede ver, volver a ver y sólo ver, sentir sin calificativos ni resonancias de lo percibido, con las experiencias envueltas en papeles de diarios antiguos que penan por repetirse y penas porque no se repitan.

Surge el Ser, simplemente, surge simplemente ser,  estar presente, contemplar lo que nunca se había visto en el mismo lugar que has vivido. Todo siempre fue integrado, yo lo desintegré con mis expectativas de la búsqueda.

Y surge el Ser y todo se aclara de repente, por un momento. Y después de ese momento me sorprendo otra vez creyendo que lo conseguí, que llegué a alguna parte y me acuerdo de que eso estoy saliendo, que es el mismo error otra vez, más elaborado o menos, no importa, es lo mismo  y me vuelvo al Ser, esto me pasa todo el tiempo y ya no siento ni pienso que pierdo, solo lo integro, es el proceso.

Y de repente me siento en armonía con mi gente, que los puedo ver libremente, libre de requerimientos, de identidades, de peticiones y pretensiones y sentirme libre con ellos, que no debo ser ni deben ser nada para que seamos, para convivir, pero pasa algo y reacciono, porque no me escuchan o porque no los escuché y me siento, me cuestiono o me enojo y de repente me descubro y vuelvo y dejo, suelto, no hay obligación, no hay deber, somos todos libres. Nada se sale del molde, porque no existe el molde, es un invento mío o del otro, solamente somos.

Desde aquí comienza todo, recién, al integrarme por completo comienzo a reconocerme entero y comienzan a surgir otras maneras de percibir, otras dimensiones, otros entendimientos o maneras de entender o no entender, surgen aspectos que no cabían antes en la realidad y por lo mismo rechacé y ahora todo aparece.

Reconozco que lo espiritual siempre fue un concepto lleno de condiciones extenuantes y excluyentes y que por lo mismo rechacé y de solo verme me eximí de alcanzarlo, honestamente. Reconozco que lo espiritual lo clasifiqué en la literatura de ciencia ficción y lo asocié a la religión y, para hacerla detestable, a la peor religión que encontré. Es extraño, hoy también soy espiritual, tengo un espíritu. (Oh, todavía me hace un poco de ruido decirlo, especialmente porque me imagino a ciertas personas que podrían escucharme o a mí mismo desde otra época escuchándome). Si no digo espíritu, ¿qué digo?, alma, Atman, Ser esencial, Yo superior, Consciencia pura, Consciencia Plena, Brahman,… Tantas palabras, presiento que cualquiera de ellas encierra lo que es espíritu, pero que son de las personas que lo dijeron y que tendrán derecho de autor, supongo. Pero me gusta espíritu, porque lo entiendo o lo siento como algo etéreo que va por el aire y por todo, por todos  y por todas partes y por todo el tiempo  y por lo mismo no sólo nos asemeja, sino que nos integra.

Integrarse a lo espiritual es integrarse al todo, ser parte de todo y sentir al todo como una parte nuestra, entonces alcanzar esa espiritualidad no se queda en un resultado propio sino que se manifiesta. El maestro Aurobindo menciona un movimiento ascendente y otro descendente, primero vamos en ascenso elevándonos de a poco hacia lo más alto, lo sagrado, la consciencia elevada, otra vez un montón de nombres,  y una vez que se alcanza, viene el movimiento descendente, debemos bajar a la tierra y hacer de la tierra un jugar armónico, justo, respetuoso y respetable, un lugar de paz. Entonces el Yoga Integral se aparece en su totalidad, no sólo bastó con integrarme en todas mis partes diferentes y muchas veces en una lucha constante por el protagonismo, no sólo fue necesario integrar toda mi historia, en vez de marcar ciertos hitos como olvidables o como castigos o como derrotas o como vergüenzas repudiables, no sólo bastó integrar mi mente con toda su dualidad intrínseca, en permanente contradicción y duda, no sólo hubo que integrar mis percepciones de mí mismo, la real con la ideal, el ego con el ser de carne y hueso, no sólo hubo que hacerse cargo de todo y hacerse de todo, asumirlo como propio y aprovechar cada trozo y cada segundo como valioso y necesario, no sólo hubo que incorporar dimensiones diferentes, señaladas a veces como opuestas, la social y la espiritual por ejemplo, no sólo hube de integrarme yo como una individualidad precisa y completa, sino que además hay que integrar la realidad, y ello no es nada fácil cuando existen mil o millones de aspectos que son tan difíciles de aceptar, tan complejos, tan sordos y tan ciegos, tan injustos y violentos, tan interesados, tan grotescos y entonces ahí, justo ahí se nos aparece la razón de todo lo aprendido, de todo lo que se es, ahí comienza la integración más fuerte, la de estar unido a la tierra y ver que el Yoga es una parte inherente a toda la existencia, con todo lo que existe y que cada uno, cada una, es alguien que desde su presencia individual se hace presente y se hace necesario y actúa.

De todo este proceso de descubrir nuestra esencia a través de toda la experiencia de la vida se nos integra además el alma, así mismo como primero hay un movimiento de interiorización, surge después otro de exteriorización, la manifestación del espíritu que anima nuestro Atman y brota desde adentro la conducta adecuada, el camino correcto, el Dharma, que no se constituye ni de dogmas ni de mandamientos, ni de amenazas ni de premios, surge libremente, no hacen falta ya los códigos ni las ventajas de hacer lo que se haga, surge la armonía que jamás desapareció, que sólo complicamos al buscarla y querer establecerla afuera, basados en propuestas subjetivas que de apoco se fueron acordando y sin decidirlo tuvimos que aceptarlo.

Esa luz que nos habita brilla siempre, pero haciéndola pasar por nuestros filtros y los filtros aprendidos, brilla con pantallas o con vainas que la envuelven y que cambian el color o disminuyen la luz hasta quedar a oscuras y entonces comprar velas, ampolletas o linternas en las ferreterías, en las consultas médicas, en las iglesias, las escuelas y las obras de la filosofía, pedirlas en préstamo, robarlas, acapararlas.

Nuestra integración con la luz del alma y de ella con nosotros nos lleva a integrarla sobre la existencia entera. Soy y somos el vehículo por el cual el espíritu que nos habita se manifiesta en esta tierra, sin nosotros no se manifiesta y sin él no me manifiesto.

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