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A WINGED VICTORY FOR THE SULLEN, Por Juan Carlos Gómez

A veces cuando llueve como hoy, parece que no estoy plenamente aquí, aparecen en mi mente paisajes con sonidos, con olores, con temblores en la piel que no conozco, pero sé, parece que de alguna forma, el estar aquí, en el medio de una ciudad amurallada con calles y más calles sin tierra, me dijera que debo irme muy lejos, no sé dónde, no sé por qué, sé también que muy adentro mío soy un solo, soy un eremita silencioso que camina por la Patagonia, sin prisa en busca de algún árbol o de algún pájaro que quiera posarse en mi hombro y conversarme en el silencio taciturno de la tarde.

No quiero volver a imaginarme en el centro de un tumulto sin estar existiendo, prefiero existir solo en la soledad completa, no quiero hablar discursos desde el alma en medio de un concierto de otras voces que no quieren escuchar a los otros, entonces me prefiero conversando con las plantas y los animales, saber que no me entienden y que yo no los entiendo a ellos, pero que es posible, mucho más que lo que entiendo o me entienden ahora.

No quiero volver a imaginarme plagado de abrazos y caricias que no quiero, que no creo, que me hacen mal a veces, cuando son un escudo de mentira que me dice lo que no puedo entender ni es para mí, prefiero que sea el viento helado el que erice mi piel, que sea el agua tibia que acaricie mi ternura sin más prisa que la mía, prefiero ser yo mismo el que me ame sin esperar del amor de los otros las mil y una codicias que se esconden silentes entre los brazos y los pliegues de esas manos y esos versos.

Parece que quisiera deshacerme entre la inmensidad del cielo, o quizás si diluirme entre las grietas de la tierra y ser de alguien algún día, sentir que pertenezco o que me pertenece algo que de mío sea todo y sea siempre, y sea yo, quisiera tanto un beso del amor más cierto, quisiera tanto un abrazo de mi alma en aire, quisiera que haya hombres y mujeres que me amen y me abracen sin que sea de ese abrazo una deuda o una  agradecida palabra para quien sin deberlo se me acerque y sólo quiera ser de mí una parte o dejarme ser de la suya, sólo otra.

Miro a veces a la gente que me habla y sé que no me habla, miro a veces a la gente que me escucha y sé que no me escucha, sé que detrás de las palabras y, hasta a veces, de las lágrimas no es del todo, es sólo de una forma que de a poco se deshace, no sé si es que me falta el aire, no sé si es que está bien buscar entre las piernas y los brazos de los otros aquella sensación de estarse vivo que me falta, para que a diario tuviera que esperar a que haya otro día en que tal vez pudiera sucederme algo, detrás están los días en que creí buscar y hallar lo que creí podría ser respuesta o punto de llegada o de partida, ahora ya no busco, más bien quiero que llueva y que surja de mi alma la antigua sensación del eremita que a solas con sus cosas, en mitad de una caverna, no espera nada ni quiere, y a solas con las piedras, los insectos, con el aire, con sus manos y sus ojos puede verse y reconocerse entero como lo más amado que le existe y lo más cierto que camina consigo.

Si así felicidad puede decirse, parece que es error una vez más el sumergirse en ese paisaje que no existe y que me aparta de las calles y los cables negros que las guían, pues de qué me sirve una felicidad que no sea compartida, un encuentro con un rayo que no se puede regalar a otro, un espacio arrebolado que no se puede mirar al lado de alguien tomándole la mano.

Difícil relación la de esta alma, que en el fondo de su centro va tan sola y esta urgente necesidad de ser amado y de amar a alguien, pero de un amor que no se habla, que no le hacen falta acuerdos ni  vencimientos de un lado ni del otro, cómo no va a ser posible que sólo sea como el aire, permanente, vital, acariciador, fresco, de mil maneras diferentes y en direcciones impredecibles y  constantes. Cómo no existirá ese amor en alguna parte y con alguien, si al fin de ya no hallarlo cuando llueve, como hoy, vuelvo a mirar ese paisaje por el que avanzo sólo, con un balde, con un palo en una mano para espantar la duda y con la ropa envejecida de una vida que buscando tanto sólo suele verse libre en la soledad restante.

SANTIAGO, 7 de febrero de 2014

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